CAPITULO I: Sofía

Tenia la piel suave y la mejillas rosadas, y con la garganta predispuesta entonaba un canto de dolor, de angustía, de alegría y confusión. Pero en su inmadurez, estaba palpando el sentido de la vida. Reconoció al instante a aquella mujer de rasgos finos y presencia armoniosa que con tanto amor y pasión la había engendrado y finalmente, después de tanto tiempo, de tanto soñarse y de tano imaginarse mutuamente, madre e hija se encontraron, y ante la mirada atónita de los presentes, se estrecharon en un intenso abrazo que amenazaba con no tener fín.
Sofía era realmente un ser hermoso, cuya belleza oriental sobrepasaba notablemente el imaginario humano, y su madre maravillada ante tanta divinidad, tasladó a su hija a un terreno celestial y la imaginó como una de las más bonitas diosas del olimpo, hija tan vez de Afrodita, diosa del amor y la belleza. Pero Sofía, con su breve experiencia en el mundo real, no supo comprender la mirada enamorada de su madre, así como mucho tiempo después, tampoco entendería esos ojos libidos y excitados con los cules, en su plena juventud, sería observada día y
noche.
El Doctor Aurelio De Martino, viejo amigo de la familia Deubau, logró librarse de ese tranze místico en el cual absolutamente todos habían caído desde la irrupción de la bella Sofía y corrió a cerrar la máldita puerta que dejaba libre el paso a la habitación de la señora Helena, ama de la mansión y unica dueña de la fortuna Deubau, ya que hacía ya varios meses que su marido, el señor Esteban, había desaparecido misteriosamente y a pesar de las muchas pericias policiales y de los distintos investigadores privados que se contrataron, desde aquel 12 de julio, Esteban no había vuelto a aparecer.
La inmensa apertura fue finalmente cerrada y detras de la puerta de roble, quedaron un puñado de sirvientes que asombrados espiaban los soprendentes hechos que se desarrollaban dentro de esa habitación
triste, lúgrube y oscura. Helena, que aún no lograba escapar de ese estado de enamoramiento total, sostenía en brazos a la pequeña Sofía, que con tan solo tres quilos doscientos y treincuatro centimetros de largo, había iluminado la cara de
aquella mujer que desde la aucencia física de su esposo se había hundido en una depreción de la cual, ni los doctores ni los mejores especialistas de todo el país, habían logrado sacar. Y sin embargo, la minúscula precensia de aquel pequeño ser, logró lo que la ciencia no le encontró solución.
5 comentarios
Alma -
Nadaaaaaaaaa, cuídate, besos y un big abra:
Alma;) (f)
Morocha -
;-) ... me alegra que les haya gustado.. ya lo dije.. asi dan ganas de seguir escribiendo... :)
Perlanegra -
Besitooooos, linda
Träne -
Ahora, la historia... ¿para cuando el proximo capitulo? :D
Un abrazo
Alma -
Cuídate preciosa, pa´cdo el próxima capítulo??????
Besos y un big abra:
Alma ;) (f)